Entradas

Ojos y sombra.

Imagen
  Quizá ser padre es atestiguar. Estar allí para ser ojos que miran y confirman lo que olvidarás. Ojos abiertos que se asombran. Escribo esa palabra y me detengo. ¿Asombrarse es poblarse de sombra, que la sombra me cubra, sombra ser? Leo en el diccionario que asombro es una impresión en el ánimo que alguien o algo causa a una persona especialmente por una cualidad extraordinaria o por ser inesperado. Entonces no hay sombra en el asombro, pero quizá la hay. Asombrarse: volverse sombra por estar ante lo que mucho brilla. Asombrarse: estar a la sombra de eso que por enorme oculta la luz. Asombrarse: oscurecerse para que sea la luz del otro la que surja. Sí, claro, quizá todo eso es ensombrecerse y yo divago en estas ganas de ser sombra tuya, eso que no eres tú pero que está tan unido a ti que te sigue a donde vas y de repente surge. Ser padre es ser ojos y ser sombra. Mirar hasta pulverizarse los ojos , como decía Alejandra, querer mirarlo todo, los detalles, lo más simple, para no ...

Crecer.

Imagen
  Quiero que crezcas y no quiero. Que me quepas en los brazos, que cuando el miedo vengas, que tus pasos furtivos en la noche, que semillas de preguntas en tus ojos; que creas que soy lo que no soy, lo que nunca he sido y fui solo para que lo creyeras. La tina que es un vientre quiero, tu espera de mis ojos siempre. Quiero que quieras que te cuente y contarte que quiero que me quieras. Quiero que sigas siendo el renacuajo húmedo que se asomó de entre las piernas de tu madre, el monito cansado; que te traigan a mis brazos con el gorrito rosa; que hagas narices y reclames porque te quitan de las manos a la coneja Miffy. Quiero el dolor en mis brazos por cargarte hasta hacerte dormir. Quiero tu asombro ante una piñata. Quiero cargarte en el rebozo y llevarte a ver los gatos. Quiero que camines sosteniéndote a ti misma de la panza. Que no dejes de inventar palabras que describen el mundo mejor que las que existen. Te quiero asustada en el circo y exigiendo que te tome de la mano y sopl...

El regalo

Imagen
  Fue un golpe. Ola que revuelca y me escupe a la orilla medio ahogado y jadeante, vomitando agua salada. Hasta hoy no me repongo. No me repondré nunca. Es el precio. Cuando lo recuerdo, cuando pasa por mi corazón, la semilla negra en mi vientre se rompe y germina, hunde sus raíces negras, me ennegrece, me lleva a lo negro, y eso negro no es ausencia de color sino presencia pura ¿De qué? De abismo. No es ausencia el abismo sino hondura inconcebible. Eso ante lo que soy diminuto, una brizna soy, alguito casi nada. Cuando naciste supe -¿Pero es que no lo sabía?- que algún día ibas a morir. ¿De verdad no lo sabía? Lo sabía como se sabe sin saber, palabras que se dicen y no calan, términos, conceptos, definiciones, polvo. Se sabe pero no. De pronto supe. Con el cuerpo supe, el cuerpo que es la piel y lo que guarda adentro, lo que palpita y duele, lo que sangra. También lo supe con eso otro que no es cuerpo. Supe ya sabiendo. El abismo entonces, la negrura. Dar la vida es dar la mue...

La puerta

Imagen
  Conozco la puerta por la que llegaste. Hay algo de misterio en ella, algo que se me escapa siempre. Puerta de carne, hecha de pliegues, viva. Conozco su olor, su sabor, su textura, pero quizá no la conozco. Regida por la luna, lunática ella, danza al ritmo de sus mareas secretas. Me llama a veces con su voz de musgo. Ven, me dice. Y   voy. Canto de sirena, imán, promesa. ¿Será que la recuerdo cuna? ¿Será que vuelvo con la inútil intención de descifrarla? Caracola que susurra mares. Boca que canta una canción que no se escucha. Herida que me sana. Ven, me dice, y voy. Con mi vulnerabilidad como una espada. ¿Es que hay algo más débil que una espada? Ay de las espadas que se sienten poderosas, tan torpes en sus sueños de grandeza. Espaditas. Pobres. De niño, la puerta era un enigma a resolver, una siempre pregunta por tan otra. Un día la vi en una revista. ¿Esto es? Se asomaba apenitas entre la espesura. Todo yo temblaba -¿Esto?- de tan incomprensible. Quise verla más pero no...

La primera vez

Imagen
  Un fruto de sangre. Algo oprimido y con pelo, húmedo, palpitante. No hermoso sino perturbador. A su modo terrible. Tiritar del tiempo, tañido de campana a media noche, desgarradura. Eso eras la primera vez que te vi. Una visión fugaz, apenas un instante, relámpago que deja en suspenso la respiración del cielo, su respiración, todo lo que respira, lo que hay de respirable. Por un instante asomaste por la cueva henchida de dolor y te pareció que la sombra era más amable que la luz, el agua que la tierra, adentro que afuera. Te sumergiste de nuevo en tu refugio de agua. No pudiste más. ¿Resguardarte para siempre? ¿Quién podría? Se anunciaban a lo lejos los tambores de la guerra, te llamaban. Ya no más semilla, ya no más caracolito dentro de sí mismo, ya no más nosotras , es decir, tú y ella, inseparables. Tú te llamabas desde el otro lado. Te llamabas tú. Ya no dos sino una, es decir, sola para siempre, separada, cargándote tú misma, cubierta de ti, en ti inmersa. De nuevo...