La puerta

 


Conozco la puerta por la que llegaste. Hay algo de misterio en ella, algo que se me escapa siempre. Puerta de carne, hecha de pliegues, viva. Conozco su olor, su sabor, su textura, pero quizá no la conozco. Regida por la luna, lunática ella, danza al ritmo de sus mareas secretas. Me llama a veces con su voz de musgo. Ven, me dice. Y  voy. Canto de sirena, imán, promesa. ¿Será que la recuerdo cuna? ¿Será que vuelvo con la inútil intención de descifrarla? Caracola que susurra mares. Boca que canta una canción que no se escucha. Herida que me sana. Ven, me dice, y voy. Con mi vulnerabilidad como una espada. ¿Es que hay algo más débil que una espada? Ay de las espadas que se sienten poderosas, tan torpes en sus sueños de grandeza. Espaditas. Pobres.

De niño, la puerta era un enigma a resolver, una siempre pregunta por tan otra. Un día la vi en una revista. ¿Esto es? Se asomaba apenitas entre la espesura. Todo yo temblaba -¿Esto?- de tan incomprensible. Quise verla más pero no pude, entonces la recordaba y al recordar la transformaba, porque los recuerdos son siempre una ficción que se disfraza. Desde entonces la seguí buscando. Puras imágenes o sueños o palabras. Y siempre ardí ante ella, fuego me volvía, calor que se consume.

Un día la vi en persona. ¿Se puede decir “en persona” de una vulva? Iba a decir de carne y hueso, pero no tiene huesos. ¿Cómo se dice entonces? Me gusta decir “en persona”, así que no buscaré otra forma. La vi y me pareció algo tan extraño que me quedé callado. Me pareció una herida, me pareció un molusco, me pareció una cueva, me pareció que al fin había llegado y que aquel lugar no era lo que esperaba. Era un río dormido, pero profundo y caudaloso. Y supe que aún allí, ante la puerta misma, su secreto me sería vedado. Aún adentro me dejaba fuera. Aún sabiéndola no la sabría.

Han pasado muchos años desde entonces. Fui otros para seguir siendo quien soy, fui muchos y también fui yo algunas veces, pocas. La puerta se mantiene con su enigma. Dice mi nombre como si me conociera. Yo acerco mi oreja para ver si es cierto que allí se escucha el mar, el suave crecer de las espigas, lo que Dios dice cuando duerme. Pero no, solo dice mi nombre y luego calla. Juega a las escondidillas. Un dos tres por… no, nunca la encuentro.

Pero me dice Ven y voy. Voy siempre.

Conozco la puerta por la que llegaste. ¿La conozco? Miento: la recorro, la busco, la deseo. No la encuentro nunca, o encuentro solo su reflejo, la sombra que su resplandor provoca. Si me preguntan por ella tengo explicaciones, peroratas, esquemas, palabras que saben no decir, o sea migajas, niebla, nada. Es lo que no sé, lo que no he de saber nunca. Es lo otro siempre inalcanzable. Es una sed que no quiere saciarse pero a veces quiere. Ven, me dice, y voy, no sabiendo nada, pero como si supiera.

Comentarios

  1. Que maravilla que no puedas encontrar nunca lo que tanto buscas, que siempre sea inalcanzable. No puede ser que alguien sepa como se logrò lo mas bello de su vida, la soluciòn està en rendirse ante lo milagroso, ante el resultado de lo que se ha vivido paso a paso y que sigas llegando siempre a su llamado.

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