El regalo
Fue un golpe. Ola que revuelca y me escupe a la
orilla medio ahogado y jadeante, vomitando agua salada. Hasta hoy no me
repongo. No me repondré nunca. Es el precio. Cuando lo recuerdo, cuando pasa
por mi corazón, la semilla negra en mi vientre se rompe y germina, hunde sus
raíces negras, me ennegrece, me lleva a lo negro, y eso negro no es ausencia de
color sino presencia pura ¿De qué? De abismo. No es ausencia el abismo sino
hondura inconcebible. Eso ante lo que soy diminuto, una brizna soy, alguito
casi nada.
Cuando naciste supe -¿Pero es que no lo sabía?-
que algún día ibas a morir.
¿De verdad no lo sabía? Lo sabía como se sabe sin
saber, palabras que se dicen y no calan, términos, conceptos, definiciones,
polvo. Se sabe pero no. De pronto supe. Con el cuerpo supe, el cuerpo que es la
piel y lo que guarda adentro, lo que palpita y duele, lo que sangra. También lo
supe con eso otro que no es cuerpo. Supe ya sabiendo. El abismo entonces, la
negrura. Dar la vida es dar la muerte. Sin quererlo te condené a morir en el
instante mismo en que te condené a la vida. Apagarte un día. Ya no fuego sino
brasa apenas, luego tampoco brasa sino ceniza, luego no ceniza ya sino ¿nada?
¿Se puede nada si algo fuimos, alguien? ¿Importa acaso? Cuando supe sabiendo
que te regalé tu muerte como un regalo horrible envuelto en vida se me abismó
la sangre, fui desgarro.
La muerte es una palabra hasta que deja de serlo y
excede cualquier palabra, cualquier definición, cualquier concepto. Río que no
cabe en ningún vaso. Es una experiencia: lo que me pasa, lo que llega de fuera
y atraviesa la carne y deja trémulo. No es la que se ve en los noticieros o en
el cine, imágenes que hacen de la muerte un espectáculo, pues esas muertes
pasan ante mis ojos, pero no me pasan. Hablo de la muerte de los otros que es
de la que puedo hablar. Me ha rozado poco, aunque bien sé que eso solo
significa que espera pacientemente su momento.
La muerte vino por cada abuelo y cada vez, a pesar
del dolor, llegó vestida de alivio o de misericordia. Ante ella, ante su
absoluto, temblé, mudo de pronto, cuando escuché por el teléfono que se había
llevado al primero. La muerte enmudece lo que toca. Aquel teléfono estaba sobre
el viejo librero bajo la escalera en casa de mis padres. Yo miraba los lomos
ajados de esos libros que ya nadie leía,
títulos que de tan vistos ya no eran palabras sino manchas, colores, formas. Fue
una caída (la muerte suele ser una caída), un instante congelado en que lo
único real era el olor del teléfono. ¿Tenía olor el teléfono? En aquel momento
tuvo y si cierro los ojos viene, desde aquel tiempo que ya no existe pero que
vuelve a existir cuando lo evoco. La primera muerte, la primera caída, la
primera ausencia de palabras. Nada había cambiado en realidad y ya nada era lo
mismo. Ella existía y su soplo frío me había rozado por primera vez. Sí –me
dijo- tú también. Y yo asentí con el olor del teléfono en la nariz. Yo también.
Cuando la muerte vino por el segundo abuelo me
enseñó que cada muerte es la primera, inédita y única, como los hijos, dicen,
como el amor, como el sabor del mango, como el agua en la sed. Es otra y es la
misma. ¿Se acostumbra uno a la muerte de los otros? ¿La saludaré algún día como
quien saluda a esa vecina que camina por el parque y con la que uno se cruza
muy de vez en cuando, esa de la que se ignora el nombre pero que siempre nos
recuerda a alguien? Buenas tardes, Muerte, le diré, mientras me descubro la
cabeza con amabilidad y seguiré mi camino. (Quisiera llevar sombrero, para
descubrir mi cabeza ante la muerte). Cuando murió mi segundo abuelo, mi hermano
pasó por mí y no nos dijimos nada durante un rato (¿No dije ya que la muerte
deja mudo?). Oímos música en la carretera, la que escuchábamos entonces, quizá
cantamos y cada canción cobraba un sentido diferente a la luz (a la sombra) de
la muerte. Al llegar a la casa de San Juan, cuando mi padre nos vio, se echó a
llorar como nunca antes y nunca después. No recuerdo si me abrazaba a mí o a mi
hermano cuando, frente al limonero, dijo entre sollozos: “Siempre fue mi
héroe”, refiriéndose a mi abuelo que estrenaba aquella muerte, nuevecita.
Yo estaba allí cuando murió mi primera abuela, en
la casa de San Juan, dormía al lado de tu madre, en la habitación donde antes
dormían mis abuelos. Dos golpes en la puerta y mi padre asomándose, su cara una
máscara cuarteada. “Tu abuela está acabando”. Así lo dijo: acabando, como si se
refiriera a que acababa de guisar unos frijoles o de bañarse o de ponerse los
tubos que se puso cada noche durante años. Lo que quería decir era: tu abuela
está acabando de vivir. Morir es eso: acabar de vivir, acabar de respirar,
acabar de ser, acabar de todo. Me levanté y fui a verla. No estaba acabando: había
acabado. Estaba envuelta en sus cobijas como en un capullo, diminuta semilla
arrugada, al fin sin la nostalgia de mi abuelo, al fin en paz.
No recuerdo como supe que había muerto mi otra
abuela, poco antes había estado con ella y habíamos hablado en ese departamento
que no sería nunca su casa porque su casa fue otra y ya no estaba allí. Su
ternura se las arregló para atravesar la enfermedad y el cansancio y por unos
momentos me alcanzó diáfana. La recuerdo tendida en aquel lugar ajeno. Recuerdo
cuando se la llevaron en una camilla.
Luego vinieron otras muertes. Un niño que nació
días antes que tú, hija, y que murió al nacer. Mi padrino. Un alumno que resbaló
en una escalera en Francia y murió casi en el acto. La hermana de mi madre.
Pocas veces, muy pocas.
La muerte trae consigo los rituales de la muerte.
Palmadas en los hombros, palabras susurradas siempre huecas, rezos interminables,
la pequeña cafetería, olor a flores que agonizan. La muerte se viste de falsa
solemnidad y tiene una artificialidad vacía, blanco yeso, colillas mal fumadas.
Y siempre, la pregunta ante la caja: ¿Quién está allí? ¿Cómo es que hemos
guardado a esa persona en una caja, como si se tratara de un vestido viejo?
Cada vez he atravesado los rituales de la muerte aferrado a una novela, a una
historia que me lleva lejos de la rigidez de los lugares de la muerte. Leo, y
por un rato la vida palpita en lo que leo. ¿De qué otro modo podría atravesar
por ese túnel?
La muerte de los otros. Porque morir mi muerte es
cosa imaginada, siempre allí, sombra furtiva siguiéndome los pasos. Me rendí
hace tiempo ante su invencible imperio. Dije: sea. (A la muerte le dio lo mismo
lo que yo dijera). Me supe desde entonces moribundo, pasajero de un entre
diminuto.
Pero tu muerte es otra cosa. Tu muerte me rasga
desde adentro, me infierna, me rompe en pedacitos. Quiero hincarme ante ti,
poner la frente en tierra, llorar hasta secarme el agua. Pedirte perdón,
perdón, perdón por la condena. Yo quería hacerte vivir ¿sabes? para que fueras
vida, para mirar el mar, para contar historias, para comer un mango, para besar
un beso, para dormir cansada. Yo no quería la muerte para ti y te la he dado.
¿Me perdonarás, hija, algún día?

Con los años, uno va aprendiendo que la muerte no arrebata como lo pensè siempre, es simplemente que llega por lo que prestò por algunos años. Y crèeme, hay un momento en que uno piensa que ya cumpliste con todo lo que te tocò hacer y que agradeces infinitamente haberlo hecho y estar lista para presentar tus resultados. Los mìos han sido maravillosos. Solo me queda pedir que se me permita esperarlos a ustedes con el mismo amor que me enseñaron a tener.
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