La primera vez

 

Un fruto de sangre. Algo oprimido y con pelo, húmedo, palpitante. No hermoso sino perturbador. A su modo terrible.

Tiritar del tiempo, tañido de campana a media noche, desgarradura.

Eso eras la primera vez que te vi. Una visión fugaz, apenas un instante, relámpago que deja en suspenso la respiración del cielo, su respiración, todo lo que respira, lo que hay de respirable. Por un instante asomaste por la cueva henchida de dolor y te pareció que la sombra era más amable que la luz, el agua que la tierra, adentro que afuera. Te sumergiste de nuevo en tu refugio de agua.

No pudiste más. ¿Resguardarte para siempre? ¿Quién podría? Se anunciaban a lo lejos los tambores de la guerra, te llamaban. Ya no más semilla, ya no más caracolito dentro de sí mismo, ya no más nosotras, es decir, tú y ella, inseparables. Tú te llamabas desde el otro lado. Te llamabas tú. Ya no dos sino una, es decir, sola para siempre, separada, cargándote tú misma, cubierta de ti, en ti inmersa.

De nuevo te vi. Por segunda vez, fruto de sangre. Querías y no querías. Pero ya no una campana sino todas. ¿Cuáles, si hace tanto que enmudecieron en la tierra? Te llamabas a gritos. A gritos te llamaban ellos. Te llamábamos. Y no pudiste más quedarte. Te hiciste lugar, más lugar, irrumpiste, fuiste acontecimiento, quiero decir, lo que parte el tiempo y nos arroja hacia lo que no hemos sido todavía, donde el antes es inalcanzable.

Se abrió la puerta.

La puerta por la que entraste. Dulcísima y adolorida. ¿Cómo será aquella por la que salgas? Porque entrar es un día salir. En esta puerta de llegada ya se vislumbra la otra puerta, la de irse, siempre allí esa otra puerta. Aquí es eso: un puro entre dos puertas. Siempre entre.

¿Entraste o saliste? Ambas, eso es el umbral: un entrar saliendo, un salir entrando. Saliste de tu allá y entraste a mi aquí que desde entonces y para siempre ya no será más mi aquí sino el nuestro. Mi aquí más tu aquí. Un nosotros que me despoja de yo, que me arrebata sin contemplación la centralidad absurda, mi sueñito de ser centro, de ser mío, de solo ser. Desde entonces tan contigo que sinmigo a veces y extrañando ese que era, tan siempre uno, tan ligero, tan deshabitado de ti, tan de mí lleno.

Que traiga la ropa, me dijeron, la de la maletita aquella. Y fui como el que era antes, por el elevador, por los pasillos blancos ¿Eran blancos los pasillos? Los invento blancos. Y la puerta con un número que no recuerdo y entrar y allí la maletita y solo una lámpara encendida o sea que luz muy tibia, de ámbar parecía. Yo solo allí. Solísimo e indefenso ante la enormidad de tu ser tan diminuta, ante el poder de tu fragilidad. El ángel indigente ese, el que me sigue los pasos, el de alas hechas de periódicos antiguos susurrándome al oído: ya. ¿Ya? Sí, ya. Se abrió el pozo por dónde sigo cayendo. Todo ya. Ya nada. Caigo desde ese instante. ¿Para abajo caigo o para arriba? ¿Caer para arriba es volar? No es. Para siempre caigo. Me rompo, me parto en pedacitos y si intento armarme siempre faltan dos o sobra uno. Nomás no quedo bien armado, malhecho de mí desde ese día. Maltrecho.

En esa habitación de luz de ámbar supe que acababas de nacerme con tu nacimiento, que el mundo era otro, uno desconocido. Es que nacer una vez es seguir naciendo, nacemos para nacer, una y otra vez y muchas, pero eso no ocurre a solas: otros nos nacen y nacemos a otros, porque nacer es ser nacido. Eso: al nacer me habías nacido y desde entonces ya no seríamos sino puro nacimiento.

Dijo el poeta:

“A ti que me has creado y eres mi tiempo junto y mi alegría,

    a ti quiero decirte una palabra sola:

    nacer,

    ése es tu nombre”.    

 

Tu nombre es nacer, y quizá también el mío.

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