Crecer.

 


Quiero que crezcas y no quiero. Que me quepas en los brazos, que cuando el miedo vengas, que tus pasos furtivos en la noche, que semillas de preguntas en tus ojos; que creas que soy lo que no soy, lo que nunca he sido y fui solo para que lo creyeras. La tina que es un vientre quiero, tu espera de mis ojos siempre. Quiero que quieras que te cuente y contarte que quiero que me quieras. Quiero que sigas siendo el renacuajo húmedo que se asomó de entre las piernas de tu madre, el monito cansado; que te traigan a mis brazos con el gorrito rosa; que hagas narices y reclames porque te quitan de las manos a la coneja Miffy. Quiero el dolor en mis brazos por cargarte hasta hacerte dormir. Quiero tu asombro ante una piñata. Quiero cargarte en el rebozo y llevarte a ver los gatos. Quiero que camines sosteniéndote a ti misma de la panza. Que no dejes de inventar palabras que describen el mundo mejor que las que existen. Te quiero asustada en el circo y exigiendo que te tome de la mano y soplando las velas del pastel y esperando la llegada de los Reyes. Quiero que no te canses de Rodolfo el Reno, que corras a mis brazos cuando escuches ruidos fuertes. Quiero que juguemos a la luchas y ser el compañero y el villano y el personaje secundario de todas las historias en que seas la única heroína. Quiero llevarte al mar entre mis brazos y que te agarres fuerte porque su enormidad te asusta. Quiero que me sigas inventando fuerte y grande aunque sea mentira, que nuestras desnudeces sean tan cotidianas como el sol en la ventana. Te quiero recién nacida y de pocos meses y de dos años y de cinco y de nueve. Quiero que no crezcas nunca, carajo, para que me necesites siempre. Pobre de yo, quien lo diría, qué mendigo suplicante que me he vuelto, qué mano extendida, alguito por el amor de Dios, como Marcelino que pedía en Oaxaca y tenía ojos de Marcelino o sea nublados y pedía a quien por allí pasara, bajo ese cielo que es el mismo y no porque es un cielo de mucho antes. Yo como Marcelino pero sin nubes en los ojos y sin ese cielo. Con mano que se extiende sí, alguito por el amor de Dios, suplicándote que nunca. Por favor, que nunca.

Y también quiero que sí. Que tus células canten  y se multipliquen, que dejes caer tus pieles como la serpiente para que nazcan nuevas tú. Que alada seas, que vayas, que tu curiosidad te tome de la mano, que los ojos se te colmen, que ames también lo que está lejos. No quiero que crezcas pero quiero. Estar de luto por tu infancia que en mí tenga un altarcito con un chango hecho de toalla y una rana deslavada, que de tu cuerpo brote un cuerpo que no es el tuyo-mío sino uno tuyo sin mí. Que te salgan hojas y ramas y des frutos jugosos y los pájaros te elijan casa. Que el mundo te susurre historias y que a veces vuelvas a contármelas y mientras escucho no pueda entender cómo es que de mí -también de mí- brotó esa mujer de risa limpia y afilada, ese asombro por el mundo, esa amorosa rebelión. Cánsate, gástate, ríndete a la vida. No crezcas pero crece, y camina los caminos o invéntalos si es necesario.

A veces te pienso anciana. Caminaste tanto que tus piernas ya se cansan, miraste tanto que tus ojos se apagan, amaste tanto que tu corazón es un burrito echado. Tienes arrugas, canas, pasos lentos, olvidos, muchos años. Quisiera estar allí y ayudar a levantarte, tomarte de la mano, ir a tu ritmo lento, darte un masaje en los pies adoloridos, acariciarte el pelo gris y seco, oler tu aroma a tiempo ido, cambiarte la ropa o los pañales si hace falta, escuchar la anécdota que repites siempre, hablarte fuerte  para que me escuches, respirar tu aliento agrio, arroparte para que duermas, arrullarte y velar tu sueño. Quiero estar allí cuando la vida pese tanto que te encoja, cuando combatas el frío de los huesos con una manta de lana sobre las rodillas, cuando te cueste reconocer a la zurda que habita en el espejo. Desnudar tu cuerpo viejo, limpiarte, besar tus dedos uno a uno. Decirte que no tengas miedo, que estoy allí contigo, que es solo el modo cruel en que la vida se despide. Quiero decirte mi niña, aunque tengas ochenta años.

Comentarios

  1. Cada una de tus palabras llega hasta lo mas hondo de mi alma y pienso que el mayor y mas increìble regalo que la vida te ha dado se llama Lia. Puedo sentir que ha llenado cada una de tus cèlulas, de tus emociones, de tus aspiraciones y màs. Que la vida y Dios te concedan tener en tus manos todas esas experiencias con ella.

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